¿Cómo me enamoré del yoga?

Si alguien me hubiese dicho hace unos 16 años atrás que sería profesora de yoga, lo hubiese dado por loco. Por allá en 2003 asistí a mi primera clase de yoga, iba a las 6:30 de la mañana  y era la única persona menor de 50 años, y que vestía un color distinto al blanco, las clases las daban en los galpones del olímpico de la Universidad Central de Venezuela (UCV), y normalmente me salía 5 minutos antes, para irme corriendo y  poder llegar a “tiempo” a mis clases de la carrera que estaba cursando, Contaduría Pública.

Asistía 2 o 3 veces por semana, me gustaba mucho hacer pranayama (técnicas de respiración), porque en sí iba al yoga para calmar problemas de ansiedad, poco me importaba si llegaban mis manos al suelo o si podía pararme de cabeza, era mi momento de relajarme y no pensar en más nada, solo seguir las instrucciones de la profesora. Así fue como un día estábamos en una asana (postura) y yo me distraía escuchando los quejidos de los más avanzados, no sabía si estaba haciendo bien mi posición, hasta que llegó la profesora y solo me dijo “respira, en cada exhalación deja que tu cuerpo ceda”, y así hice, me concentré tanto en mi respiración que todo llegó a estar en silencio, no escuchaba más nada, hasta que abrí los ojos y me vi totalmente plegada a mi cuerpo, mi éxtasis no fue por haber logrado la postura, sino por haber podido perderme en mi respiración, lo recuerdo mientras escribo estas líneas y me remonto a ese día, como si fuera ayer. Desde ahí me enamoré del yoga, sabía lo que era su poder, porque yo misma lo había experimentado.

Luego de la universidad pasaron muchas lunas para yo volver a encontrar mi espacio en el yoga, cuando me encontraba muy ansiosa recordaba las técnicas de respiración y las practicaba, pero hasta ahí. Bastó que me mudara de país para que los temas de ansiedad fueran más recurrentes, y salí entonces a buscar mi lugar seguro, el yoga, quería volver a sentir esa paz que me transmitía cada práctica, probé varias clases y varios profes hasta que di con mi maestro. Hubo buena conexión desde el primer momento, potenciaba mis fortalezas que eran la fuerza de mis piernas y brazos y llevaba con paciencia mis debilidades, cero flexibilidad, temor a las posturas invertidas.  Aprendí a respirar las áreas que no eran mi fuerte y a no juzgarme si alguna no me salía, como también aprendí a estar cómoda desde la postura más simple, a respirarla, sentirla, a observar mi cuerpo con amor. Un día sin imaginármelo me proponen tomar las clases del profesorado de yoga, era año y medio, yo ni sabía cuánto iba a estar en ese país (Nicaragua – Centro américa), ni sabía si podría ser profesora ya que no era flexible ni hacía contorsiones, pero respiré y me repetí “vive el ahora”, por ahí dicen “cuando el alumno está preparado aparece el maestro”, y ¡qué bendición!

Ha pasado un tiempo desde esa decisión, y de ese país me fui al poco tiempo de haber terminado el profesorado. He aprendido a llevar los dos mundos que amo, las pesas y el yoga, a no compararme con otros profes por su gran flexibilidad. Sigo sin vestirme de blanco o de negro, transmito en mis clases lo que el yoga me hace sentir, paz y agradecimiento con el universo. Y a las personas que me dicen, “el yoga me parece aburrido”, siempre les respondo lo mismo: “no has encontrado tu tipo de yoga ni al maestro adecuado”.

Fotos: Almendra Gader

Locación: Foto Design Argentina

Maquillaje: Antonella Di Blasio

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